Recuerdo que mi profesora de primer grado nos estaba dando una lección sobre la resta.
—¿Cómo denominamos el proceso por el cual una cosa suprime a otra? —preguntó ella a mi clase.
—¡Homicidio! —grité, muy orgulloso de mí mismo. No estuve técnicamente mal, pero la mirada que me dedicó en los siguientes minutos confirmó mi error.
El mismo año tuvimos un día dedicado a los padres fundadores y lo recuerdo como si fuera ayer. Caminé hacia el frente de salón, sosteniendo un reporte en el que había trabajado por horas y le expliqué a la clase todo lo que había aprendido.—La mayoría de los padres fundadores eran homosexuales encubiertos y esclavistas —dije. Como supondrán, no se me permitió terminar mí informe.Ese día después del colegio fue el primer día que mis padres fueron citados para una “reunión”. Fue el principio de la delicada relación que tengo con el sistema de educación pública.—Sí, es excéntrico ¿y qué? —le dijo mi mamá a la maestra.—Señora Phillips, su hijo de seis años le dijo a su clase que los presidentes que fundaron esta nación eran esclavistas homosexuales —dijo la profesora—. Yo diría que es algo más que un comportamiento excéntrico.—Quizás es mi culpa —dijo papá—. Me pidió que le diera un dato chistoso sobre los padres fundadores, así que inventé uno.—El estaba pidiendo un dato curioso, inepto —mamá lo regañó—. ¡Le dije que le preguntaras! No se me hace raro que este teniendo problemas en el colegio, ¡su padre es un imbécil!
